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Viernes 10-03-2006
  OPINIÓN
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El Madrid perdió en el Ficus

Javier Sanz
Ni en el Bernabéu ni, quince días después, en el viejo Highbury. El Real Madrid, el club más galardonado del mundo, perdió en Sigüenza, concretamente en el Ficus. Todavía hay quien cree que el deporte rey se juega sobre un terreno de juego, o en los despachos de la UEFA, pero muy verde hay que estar para admitir estas únicas posibilidades. Es más, quien aquí se para acaba creyendo que los niños vienen de París. Pues no señor, no, el fútbol tiene otros ingredientes sobrenaturales en los que no se repara lo suficiente, quizá en otras ligas más modestas, la boliviana, la peruana o la uruguaya, también la brasileña, practiquen en razón de sus creencias ancestrales, pero Europa, la meca de la ciencia y la razón (EE.UU. no cuenta en esto del fútbol) está a otras cosas y pasa lo que pasa, tal que anteayer.
Desde sembrar ajos bajo el larguero enemigo, colgarse una higa, santiguarse tres veces, entrar al campo con el pie derecho, no afeitarse hasta después del partido, evitar la indumentaria amarilla, tocar una pata de conejo en la grada durante los noventa minutos, besar las mil estampas de las mil vírgenes (estilo Lopera), hacer promesas como andar de rodillas el camino de Santiago (estilo Irureta), guardar un San Pancracio en el botiquín, tatuarse una leyenda en chino, colgar una herradura tras la puerta del vestuario o eliminar el dorsal número 13. ¿Supersticiones? Nadie dice lo contrario, pero esta vez ha sido la ingesta del pollo, el ave que mueve el IPC a su antojo, el espejismo de Carpanta, el hermano pobre del patito feo.
Boli Garcés se lo advirtió a Santi: "cuando cenamos pollo pierde el Madrid. Cambia el menú." Ya era tarde. No fue la gripe aviaria, no, sino el pollo que se cocinó en el Ficus, sacrificio innecesario de un animal sin ningún glamour, cierto, pero ave de mal agüero al fin y al cabo. El pollo griposo se ha infiltrado en el continente de la Champion’s proveniente de Asia, donde lo más redondo que han visto es la tripa de Buda, pero este otro pollo, de corral y en pepitoria, representa la liquidación de la cantera en la bola de Rappel, la eliminación de sus hermanos de corral, los pavones. Y este pobre ave, como el Fénix, ha surgido de sus cenizas para castigar a un club cuya mecha se encendió a 135 kms. de su ciudad deportiva.
La España del interior, tan gris en sus atardeceres tan largos de invierno, parte en dos la semana, da un hachazo los miércoles para concentrarse en torno al fútbol y así poder llegar al fin de semana con la cabeza bien alta. Si no existiera el fútbol la semana terminaría el jueves, como mucho, y los calendarios serían una verbena. Gracias a este deporte centenario que inventaron los ingleses el personal engancha ese día en el tajo de otra manera, con la esperanza de una noche de fiesta y la sobreesperanza de una mañana posterior desfilando ante los colegas de la fábrica como si, anoche, uno hubiera tirado el penalti. Franco lo vio bien y es el único consenso de la democracia, de Suárez a Zapatero pasando por Calvo Sotelo –que lo veía con el rabillo del ojo mientras ejecutaba partituras de Bach–, González –que se vistió de guardameta aquella vez– y Aznar, que es merengón declarado y visitaba el palco cuando reinaba Florentino, el balompié, digo.
Las sigüenzas de nuestra piel de toro, ejemplo de ciudades tranquilas a su pesar que necesitan el aliciente de mover noches perdidas, se conjuran en torno a un televisor de plasma mientras saltan las chapas de los botellines y se va preparando a fuego lento un menú para la peña supervisado por Javi, que como es del Atleti viene librando ese día. Todo son vaticinios, todo son limpiezas de vestuario y consejos tácticos, alineaciones de modestos y galeras para los millonarios. La atmósfera más feliz del invierno se da en este país los miércoles a las ocho, cuando van llegando los fieles pensando en goles, viandas y cubatas, que el fútbol a palo seco no hay quien lo pase. Unos callos con garbanzos la otra noche, por ejemplo, bodas de Camacho en la Castilla que corona La Mancha, pero la suerte estaba echada, venía de atrás cuando sacrificaron y despreciaron a un pollo que andaba a su aire, un poco mosca con lo de la gripe esa que al final nos cae en verano y no llenamos las piscinas. El pollo que se cenaron días atrás en el Ficus fue el castigo. Boli Garcés, penúltimo presidente del Club Deportivo Sigüenza, fue el único en darse cuenta y dio la alarma. Ya era tarde.

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