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Aroma a decretos, proposiciones y leyes nos reciben
al entrar al vetusto edificio del Congreso de los Diputados.
No en vano, aquí se cocinan las principales normas
que regirán el futuro del país. Para conocer
esta buena cocina qué mejor que elegir un buen
cicerone como Javier García Breva, diputado socialista
por Guadalajara desde el año 2000. Su prolífica
e intachable actividad parlamentaria le han convertido
en uno de los mejores conocedores del funcionamiento
de la Cámara Baja. De su mano descubrimos las
entretelas y misterios del Congreso..
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ISABEL SÁNCHEZ
Son las diez y media de la mañana del miércoles.
Al volante de su vehículo, Javier García
Breva espera con impaciencia la llegada de sus eventuales
discípulos. Hoy toca sesión de control
y el «acompañamiento» le ha trastocado
el horario. Sin embargo, a García Breva no le
achantan los imprevistos. Exigente y reflexivo, es de
esos hombres que tira siempre por el sendero de la calma.
Mientras conduce va repasando su agenda. Las horas que
le hemos robado no le hacen atropellarse. «Primero
pasaremos por mi despacho para revisar el correo y hacer
unas llamadas urgentes. Después visitaremos las
distintas salas del Congreso hasta llegar al hemiciclo.
Haremos una pausa para comer y a las cuatro asistiremos
a la sesión de control».
Éste es el «orden del día»
de nuestra visita al Congreso de los Diputados, donde
recalamos a las once y media de la mañana. No
hemos flanqueado aún las puertas del vetusto
edificio –cuya fachada principal limita con la
carrera de los Jerónimos– y ya percibimos
un profundo aroma a leyes, proposiciones y otras iniciativas
parlamentarias. Y es que, es aquí donde se cuecen
las principales normas que rigen los destinos de nuestro
país.
De la mano de nuestro valioso cicerone –Javier
García Breva ocupa escaño en el Congreso
desde el año 2000– superamos el primer
control de seguridad. Enseguida sale a nuestro encuentro
uno de los conserjes de la Cámara Baja, que se
alegra de ver por esos lares a sus vecinos de Guadalajara.
Miguel, que así se llama el funcionario, es de
Zaorejas y la solemnidad que impone el Palacio de las
Cortes no le impide expresar su pasión por el
paisaje y paisanaje de esta tierra. Tras unos instantes
de «exaltación popular», Javier García
Breva nos conduce hasta su despacho, situado en el área
reservada para el grupo socialista en el edificio de
ampliación del Congreso, construído en
1980. Una barahúnda de libros y papeles llenan
la mesa y estanterías del pequeño aunque
coqueto espacio. Todo lo que vemos vale y ha sido minuciosamente
revisado, por algo el diputado guadalajareño
es conocido en el Congreso por su interés en
leer y examinar cualquier documento o informe que cae
en sus manos.
García Breva enciende su ordenador y pone en
orden su correo. Más de una veintena de e-mails
se agolpan en la bandeja de entrada, ninguno escapa
al ojo escudriñador de Breva. Cumplida esta primera
fase de trabajo, comienza la visita por las verdaderas
e históricas entrañas del Congreso de
los Diputados. Primero descubrimos el salón de
conferencias que, por su altura y superficie, es el
segundo espacio representativo del Palacio. Una magnífica
pieza de arte profusamente decorada y considerada como
el mejor ejemplo de la artesanía del estuco isabelino
en España. Cualquiera de los pasillos, techos
o demás dependencias del vetusto edificio rezuma
arte e historia. Con esta sensación llegamos
hasta una de las salas con más encanto de la
Cámara Baja. Se trata de la biblioteca, que consta
de tres pisos con la correspondiente armadura y estantería
general de cedro y caoba. Su área de lectura
es de planta rectangular con el techo decorado con una
alegoría del templo de las leyes. Contiene más
de 100.000 títulos, entre ellos manuscritos,
incunables y libros raros.
Para finalizar el recorrido García Breva nos
descubre la joya de la corona del Congreso, el hemiciclo.
In situ, asombra aún más. Se trata de
un salón de planta semicircular cerrado por una
bóveda de 50 metros de altura. Debajo del dosel
figuran la Presidencia y los asientos reservados para
los miembros de la Mesa y justo delante, pero a un nivel
más bajo, se halla la tribuna de oradores, desde
la que pronuncian sus discursos los diputados y miembros
del Gobierno. Enfrente figuran los escaños de
los parlamentarios, y por encima de ellos las tribunas
reservadas para los visitantes. Desde allí asistimos
a la sesión de control que celebra el miércoles
el Congreso.
Encabeza el orden del día una batería
de preguntas sobre y contra la guerra de Irak. Desde
sus escaños, Zapatero, Anasagasti y Llamazares,
entre otros, dirigen sus críticas a Aznar y le
instan a dar marcha atrás en su apoyo incondicional
a Bush. Desde abajo el presidente del Ejecutivo se empecina
en defender su postura. Los ánimos se caldean
y la presidenta, Luisa Fernanda Rudi, llama al orden
y cierra el debate. Después, espantada casi general.
Sólo unos pocos parlamentarios permanecen en
el hemiciclo para escuchar a sus compañeros.
Otros seguirán las intervenciones desde sus despachos
y al resto se les pierde la pista. Así es el
Congreso y los congresistas. El conjunto, bien vale
una visita.
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